1977 – 25 de marzo – 2017: La muerte de Rodolfo Walsh y su amistad con Horacio Aníbal Maniglia

by , under Enrique Tessieri

Todo empezó allá por 1944 cuando Rodolfo Walsh tenía 17 años y contestó un aviso en un diario porteño de la Editorial Hachette, situado en pleno centro de la capital, en la calle Maipú 41. La editorial buscaba un traductor del inglés al castellano de carácter permanente.  

En aquel entonces, Hachette tuvo por muchos años unas ediciones de bolsillo literatura universal, libros para la juventud, la divulgación científica y otra dedicada a la novela policial.  La novela policial tiene un desarrollo muy grande durante los años 40 en los Estados Unidos, y se seleccionaba obras de escritores de novelistas policiales que se traducían del inglés al castellano. “Entonces, una de las personas que se presentó para el trabajo fue Rodlfo Walsh,” dice Horacio GuillermoManiglia, hijo de Horacio Aníbal Maniglia, quien había contratado a Walsh en Hachette. “El era joven y por ser un argentino de familia irlandesa y haberse educado en colegios irlandeses, obviamente conocía muy
bien el idioma inglés.”

Horacio Aníbal Maniglia y su esposa Carmen en la puerta de su casa de la calle José Bonifacio en Buenos Aires.

Maniglia dice que su padre, Walsh le pareció ser una persona muy inteligente y muy capaz, y es por eso que lo tomó como empleado permanente.

“Se desempeñó muy bien y a los veinte años le toco a Walsh hacer el servicio militar,” continua Maniglia. “Hizo el servicio militar y le mantuvieron el puesto porque ya había acreditado sus capacidades. En 1953 publica su primer libro, ‘Variaciones en rojo,’ y se lo dedica a mi padre.”

Según Maniglia hijo, la relación que tenía su padre con Walsh era de una amistad intelectual y profesional. “Los dos eran traductores de libros y amantes de la literatura y del buen cuento literario,” dice.

Como se sabe, Walsh empezó a interesarse en la política a raíz de algunos acontecimientos políticos muy famosos. En el año 1955 se produce un golpe de estado, el 16 de septiembre, llamado irónicamente la Revolución Libertadora, cuando derrocan al presidente Juan Domingo Perón, instigados por los general Pedro Eugenio Aramburu y su vicepresidente, el almirante Isaac Francisco Rojas. “Al año siguiente (1956), se
produce un levantamiento militar en contra de Aramburu (encabezado por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco), que es reprimido con gran violencia,” continua Maniglia. “Clandestinamente, se lleva a algunos de los implicados a un descampado situado en José León Suárez (en las afueras de la ciudad de Buenos Aires), y allí se los fusila a todos, excepto a uno.”

Es entonces cuando Walsh empieza una larga investigación, luego de haber obtenido un mensaje escrito de un desconocido en un bar de la ciudad de La Plata, diciendo que “todos los fusilados no están muertos.” Comienza el gran trabajo investigativo de Walsh para localizar a esta persona sobreviviente y escribir su célebre libro Operación Masacre.

“Como todo se debía hacer en gran secreto,” continua Maniglia, “Walsh se veía obligado a cambiar de domicilio y a no estar siempre en el mismo lugar. Temía sufrir alguna represalia porque estaba investigando y metiendo la nariz donde no debía. Mi papá le ofreció en esta circunstancia una casa muy modesta que tenía en Pontevedra, en las afueras de la Capital Federal, y Walsh aceptó porque no tenía muchas opciones para refugiarse.”

Maniglia hijo, quien tenía en aquel entonces sus 17-18 años, acompañó a Walsh a esa casa en invierno, porque su padre, Horacio Aníbal, no pudo hacerlo por razones de trabajo. El se acuerda que Walsh había tomado su máquina de escribir portátil para empezar a escribir su obra.

La casa donde Walsh se alojó por poco tiempo era de unos 50 a 60 metros cuadrados, y tenía dos ambientes grandes después de la cocina y un baño. Construida a fines del siglo XIX, estaba hecha con ladrillos que no se usaban más, puertas de madera de cuatro pulgadas, ventanas que nacían a 20 cm del piso hacia arriba, con rejas. No tenía electricidad y había que usar faroles. “Ampliamos la galería de atrás y la hicimos más ancha,” dice. “Una característica de la casa era que no tenía ninguna calefacción, porque en realidad nosotros no íbamos nunca,
salvo por un momento en el verano.”

La casa donde se alojó Rodolfo Walsh en Pontevedra. Dibujo por Horacio Guillermo Maniglia.

Walsh se alojó allí 3 ó 4 días, o a lo sumo una semana, hasta que el frío lo obligó a huir. “Cuando lo vi, me dijo jocosamente que prefería morir a quedarse allí otro día,” continua. “A pesar de que en el dormitorio tenía una cama con dos mantas de lana hechas por los indígenas del norte y que tenían un espesor de un centímetro cada una, el frío era insoportable y el único lugar donde había calefacción era la cocina.”

Desde Pontevedra, Walsh se había trasladado a vivir a la región del Delta del Paraná, donde terminó de escribir “Operación masacre.”

Veinte años mas tarde, el viernes 25 de marzo de 1977, en la esquina porteña de San Juan y Entre Ríos, es abatido a balazos por un grupo de tareas de la notoria Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). No me acuerdo de esa fecha y qué estuve haciendo. Estoy casi seguro que visité a mi tío Horacio Aníbal en Flores, pero de Walsh y su relación con él no hablamos, hasta que me lo contó su hijo en 2015.

Sin duda, la Argentina había perdido, hace exactamente cuatro décadas, a un gran periodista y luchador social. La modesta historia de la relación de mi tío con Walsh, cuando aún no había llegado a la fama, la pude rescatar de pura casualidad. Es como cuando él se encontró una tarde con el mensaje “hay un fusilado que vive,” en aquel bar de La Plata, que le cambió su vida y la del país para siempre.

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